Lengua y cultura

La cultura es un todo complejo que incluye los conocimientos, la moral, el derecho, el arte, las costumbres y todos los otros hábitos adquiridos por el hombre en tanto que miembro de una sociedad.

Todos los pueblos crean una sociedad. Serán sociedades varias, con diferencias marcadas, pero mantendrán todas ellas el hecho particular de transmitirse de generación en generación transmitiéndose así, en cada sociedad, formas distintas de ver y de entender el mundo. Ahora bien: ya que con mayor o menor intensidad cada generación modifica los conceptos recibidos, podemos decir que la cultura evoluciona en sí misma. Porque la cultura es universalmente humana —no existen hombres sin cultura—  es que esta universalidad tiene una gran posibilidad de cambio —el presente cultural no es eterno, ni es como ha sido siempre—. Los antropólogos hablan así de presente antropológico, pues se trata, la cultura de todo presente, de una cultura que incluye, dentro de su inercia, inherente el cambio.

El lenguaje, en tanto que manera de categorizar el mundo, es un reflejo de la cultura en cada sociedad, y la escritura nace como necesidad de perpetuar más allá de la memoria aquello que ese lenguaje representa. Así es, por ejemplo, cómo se pasa de la literatura oral a la escrita, porque literatura no es lo mismo que escritura sino que es lenguaje, lenguaje literario y que puede presentarse tanto por oral como por escrito. No es la forma lo que importa, sino el contenido, fruto de la cultura en que se ha generado.

Por tanto, se puede decir que existe una correlación entre la cultura y el lenguaje, entre una cultura y una determinada lengua. Y así, en tanto que tiene unas peculiaridades culturales distintas, cada raza tiene una lengua y unas manifestaciones literarias también distintas.

Sin embargo, el racismo ha querido desprestigiar la lengua y la literatura de muchos grupos humanos opinando que la raza, esto es, los rasgos heredados que distinguen a esos grupos, son determinantes de su cultura y grado de civilización, y que por tanto civilizada no lo podrá ser nunca aquella raza que, a diferencia de la nuestra, tiene el cerebro inferior y comprimido. Como consecuencia, su lengua y sus manifestaciones literarias serán también contempladas desde esta óptica racista.

Otros han opinado que no es la herencia sino las diferencias en el entorno las que marcan el grado de civilización y la cultura de un pueblo, y así todo hombre, si se lo propone, puede entrar a formar parte de otra cultura. Pero la racista ha sido la interpretación dominante. Si la Biblia propugnaba un origen único de la humanidad truncado luego en diversidades como consecuencia de fuerzas históricas y medioambientales, surgen luego también los que, argumentando que la influencia medioambiental es insuficiente para justificar la gran cantidad de diferencias humanas, afirman entonces que los hombres tienen orígenes distintos: razas. Y se basan en la suposición de que la distribución de las lenguas es correlacionable con la de las razas.

Triste me parece que las diferencias lingüísticas sirvan para descalificar ya no sólo una lengua sino también, directamente, un pueblo que la habla.

Boas rompe con esa perspectiva reformulando el concepto de cultura; de la visión evolucionista que hay de esta cultura como civilización, él pasa a verla como un conjunto diferenciado de costumbres, creencias, hábitos e instituciones sociales que caracterizan cada sociedad y que son hereditarias. Invierte, pues, los términos: lo hereditario ya no es la raza, sino la cultura, y aquello que es fruto del entorno ya no es la cultura, sino la raza. Así lo afirma al darse cuenta de la influencia que existe del entorno en las características físicas de las personas. Desmiente, así, la correlación entre raza y cultura y, por tanto, entre raza y lengua. Lo único cierto es la correlación entre cultura y lengua, lo dicho, que la lengua es la manera que tiene el hombre de organizar mentalmente la realidad que lo envuelve, que es lingüísticamente cómo entiende su mundo y su cultura y que por tanto una y otra, lengua y cultura, van íntimamente unidas.

La literatura será un símbolo también de esta cultura, como a manifestación lingüística del goce, los anhelos, las dudas, o el dolor de una sociedad, buscando siempre la innovación, la superación de la tradición y el ensanchamiento de sus límites y, sorprendiéndose a sí misma, podrá hacerse multicultural con el tiempo, esto es, podrá atravesar los límites de su sociedad para llegar a otra y compartir con ella formas sobre contenidos que no son ya culturales sino que son universales, humanos, de ayer, de hoy y de siempre, porque por encima de ser miembro de una sociedad un hombre es un hombre, y eso es igual en todas las culturas y sociedades, por distintas que sean.

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El concepto de literatura

Pretender fijar de modo exacto y definido los límites que separan la creación literaria de otros tipos de comunicación humana es tarea realmente comprometida. Abarcar bajo una misma y única definición creaciones tan diversas como puedan serlo una tragedia de Sófocles, una novela de Cervantes, un poema de Cernuda, un artículo de Larra o una novela de terror puede parecer poco menos que imposible. Y, sin embargo, tendemos a englobar estas obras bajo la denominación genérica de literatura.

Si nos atenemos a la definición que de literatura da el DRAE (Arte bello que emplea como instrumento la palabra) o la dada por The Concise Oxford Dicctionary (Escritos, o textos, cuyo valor se fundamenta en la belleza de la forma o en su efecto emotivo), nos daremos cuenta que suele coincidirse en dos aspectos fundamentales del fenómeno literario: su transmisión por medio del lenguaje, oral o escrito, y su intención artística. Sin embargo, es evidente que si limitáramos exclusivamente lo literario a todo aquello que busque la expresión verbal de un mensaje de significación artística, tendríamos que excluir del término literatura un buen número de obras didácticas, de entretenimiento o de estricta información.

Lo literario, en nuestros días, requiere, por lo tanto, una definición lo más amplia posible.

Hasta nuestra época moderna, en fecha relativamente reciente con respecto a la historia del hombre civilizado, se ha venido respetando la concepción de literatura como imitación o mimesis, pero no copia servil, de la realidad humana, que es la teoría promulgada por Aristóteles en su Poética. Y las distintas formas que la obra literaria adaptaría vendrían determinadas por la elección del género (tragedia, épica), que a su vez vendría determinado por el tema elegido por el autor (heroico, lírico…). Pero la cultura latina daría una definición de la “función” de la literatura que iba a afectar de modo trascendental a una inmensa mayoría de la producción literaria desde entonces a nuestros días. El poeta Horacio nos dice: “Aut prodesse volunt aut delectare poetae/Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci,/ lectorem delectando pariterque monendo” (“Los poetas quieren aprovechar o deleitar/El que mezcla lo útil con lo armonioso alcanza el premio,/ deleitando y enseñando a la vez al lector”).

Ese “deleitar aprovechando” va a ser la regla de oro que regirá la creación literaria durante siglos y siglos. Así queda patente, por ejemplo, en la intención de Cervantes en El Quijote o las Novelas Ejemplares o en las ideas sobre lo que es la literatura que nos dejó Larra en uno de sus famosos Artículos. Pero hay ocasiones en que incluso ese “deleitar aprovechando” puede subyacer en las creaciones literarias más aparatosamente artísticas, como por ejemplo un soneto de Góngora.

Las modernas doctrinas de “el arte por el arte” en literatura vendrán a revolucionar el concepto de creación literaria defendido durante tanto tiempo. Así, dice Vicente Huidobro en su Arte poética: “Que el verso sea como una llave/ Que abra mil puertas./ Una hoja cae; algo pasa volando;/ Cuanto miren los ojos creado sea,/ Y el alma del oyente quede temblando./ Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;/ El adjetivo, cuando no da vida, mata./ Estamos en el ciclo de los nervios./ El músculo cuelga./ Como recuerdo, en los museos;/ Mas no por eso tenemos menos fuerza:/ El vigor verdadero/ Reside en la cabeza;/ Por qué cantáis la rosa. ¡Oh, poetas!,/ Hacedla florecer en el poema;/ Sólo para nosotros/ Viven todas las cosas bajo el Sol./ El poeta es un pequeño Dios.”

A lo largo de la historia de la literatura vemos, por lo tanto, de qué modo tan dispar ha ido entendiéndose la naturaleza de lo que es, o debe ser, la literatura.

La crítica literaria a lo largo de la historia

La crítica literaria tiene diversas formas y funciones. Su ejercicio puede cubrir desde el estudio de antiguos manuscritos y la realización de ediciones críticas hasta la exacta valoración del mérito artístico de obras o autores. Va desde el comentario de texto verso a verso hasta la historia de la literatura de un periodo o de un país, e incluso abarca los intentos de descubrir los factores morales, sociales y psicológicos subyacentes sobre los que descansa la literatura y todo el arte en general.

La crítica literaria occidental moderna arranca de la tradición griega, ya que fueron ellos los primeros en preocuparse por las cuestiones relativas al arte y a su valoración. Muchos de los criterios con que se juzga la literatura durante la Edad Media y la Moderna en Europa provienen directamente de los escritos de Aristóteles. Los romanos, en cambio, tan amigos de la retórica, poco pudieron ofrecer para innovar la crítica literaria, y durante su hegemonía esta actividad permaneció prácticamente muerta. Fue en el Renacimiento, cuando la Iglesia empezó a perder su control absoluto sobre la cultura y las manifestaciones artísticas de la cultura occidental, cuando se redescubrieron los textos aristotélicos y hubo un renacer de la actividad crítico-literaria. Sin embargo, durante esta época la influencia del poeta latino Horacio, a quien preocupaba la finalidad didáctica de la literatura, tuvo un efecto decisivo sobre la tendencia de la crítica. Las reglas clásicas de la composición literaria, no obstante, fueron ignoradas alegremente por algunos de los más grandes genios de la literatura universal, como por ejemplo por Shakespeare o por Lope de Vega.

Fue durante el Neoclacisismo que el apego a las reglas clásicas dirigió de tal manera la actividad literaria que los preceptistas como el francés Boileau influyeron directamente en la obra de escritores como Corneille, Racine y Molière. Un cambio importante en la historia de la crítica literaria tuvo lugar a mediados del siglo XVIII. Aristóteles había definido la naturaleza del hecho poético como una mimesis o imitación. Y hasta entonces la idea de que la principal facultad de los poetas podía ser una imaginación creativa solo había aparecido de tarde en tarde entre los practicantes de la crítica literaria. Fue necesario llegar a la reacción de la filosofía idealista para que surgieran reivindicaciones del poder creativo de una actividad como la literaria. De aquí que los hombres del siglo XIX,  habiendo reducido el culto a los clásicos de la antigüedad a simple respeto y admiración, habiendo establecido la imaginación como algo más que una facultad capaz de organizar la experiencia de los sentidos, y con una especial sensibilidad para el sentido de la historia, llegaran a una posición enormemente ventajosa con respecto a sus predecesores. Algunos críticos, como el inglés Matthew Arnold, vieron la literatura en el contexto de la sociedad y de la cultura como algo perfectamente integrado, mientras que en la ideología de otros el juicio estético predominó al valorar la obra literaria. Oscar Wilde, por ejemplo, sostuvo que todo arte carece de utilidad y que su fin está en sí mismo.

El siglo XX fue un siglo de expansión sin precedentes del conocimiento humano y de intensa especulación científica y filosófica. Hasta entonces, un cierto tipo de unidad había permanecido en la base de toda crítica literaria. Con el advenimiento de la crítica del siglo XX, la crítica se desarrolló en direcciones muy diversas. El crecimiento del interés en psicología llevó a una aproximación a la  obra literaria que iba en esta dirección. Al otro extremo de la linea la posición mantenida por los marxistas presentaba la cara del reverso de la medalla. Igualmente la aproximación biográfica cobra más y más popularidad entre los críticos. Y lo mismo hay que decir de los críticos formalistas y estructuralistas, quienes, junto con el “new criticism”, creen que el lector debe preocuparse únicamente del texto que se halla ante él.

Es evidente que en nuestros días la crítica literaria difícilmente puede o debe desentenderse de las diferentes corrientes o enfoques que han cobrado vigor a lo largo del siglo XX, por lo cual una valoración crítica de una obra o autor debe incluirlos a todos o, por lo menos, a los más importantes.  De no proceder de este modo el juicio crítico será imperfecto. La aproximación crítica debe poseer una calidad científica, procurando establecer unas conclusiones lo más desprovistas posible  de connotaciones subjetivas.

Finalmente, mencionar que se suele entender por crítica extrínseca o externa aquella relacionada con lo biográfico, lo sociológico o cualquier otro factor no estrictamente perteneciente a la obra literaria en sí. En cambio, aquella exclusivamente preocupada por el texto literario y su interpretación, sin recurrir a otros objetos de estudio, suele conocerse por el nombre de intrínseca o interna.

Los puntos cardinales: ¿con mayúscula o con minúscula?

La Ortografía de la lengua española de 2010 introdujo cambios respecto a la escritura de los cuatro puntos cardinales. Según la nueva normativa, se entiende que dichos puntos son nombres comunes y que por tanto, como tales, deben empezar con minúscula inicial: norte, sur, este, oeste.

“La brújula señalaba el sur“.

“Nos dirigimos al este de la ciudad”.

La minúscula no solamente afecta a los 4 puntos primarios sino también a cualquier combinación de estos. Así:

“El avión puso rumbo al noroeste”.

“Vive en el sudeste de Italia”.

Sin embargo, cuando los puntos cardinales formen parte de un nombre propio, entonces se escribirán con mayúscula inicial:

América del Sur es un continente enorme”.

“Pionyang es la ciudad más grande de Corea del Norte y también su capital”.

“La famosa constelación de La Cruz del Sur se halla en plena Via Láctea y se caracteriza por estar formada por cuatro estrellas”.

Asimismo, cuando los puntos cardinales primarios o sus combinaciones se simbolicen, entonces se escribirán siempre y enteramente en mayúsculas, tanto si se trata de una sola grafía como de dos: N (para el norte), S (para el sur), E (para el este), O (para el oeste), NE (para el nordeste), SE (para el sudeste), NO (para el noroeste), SO (para el sudoeste).

Cita previa

El DRAE define el sustantivo cita así: Reunión o encuentro entre dos o más personas, previamente acordado. Por tanto, y al tratarse ya de un encuentro pactado “con anterioridad”, es decir, al llevar intrínseca esta información en su significado, el uso del adjetivo previa en la expresión cita previa es inadecuado porque resulta redundante. Aunque su uso es habitualísimo, lo cierto es que es altamente recomendable evitarlo.

Por qué, porqué, porque, por que

Por su parecido, la confusión entre estas cuatro formas es algo muy común y que entraña dificultades a la hora de escribir y de determinar cuál de ellas es la correcta en cada caso.

Hoy vamos a diferenciarlas y a explicar en qué contexto concreto se aplica cada una de ellas.

 POR QUÉ

Por qué, en dos palabras y con acento diacrítico en qué,  es una expresión formada por la preposición por y por el interrogativo -y a veces exclamativo- qué, y sirve para preguntar la causa de alguna cosa. Sabremos que estamos ante esta forma porque se puede posponer a ella la palabra razón sin que cambie el significado.

Puede encontrarse en las interrogativas directas e indirectas, incluso cuando se combinan con la función exclamativa.

“¿Por qué (razón) no quiere venir?”

“No sé por qué (razón) no quiere venir”

“¡¿Por qué (razón) no me habré ido antes?!”

“¿Por qué (razón) no me habré ido antes!”

 PORQUÉ

Porqué, junto y con acento, es un sustantivo que procede de la lexicalización la forma interrogativa por qué y que va siempre precedido por un determinante, mayormente por el artículo “el” (el porqué),  siendo equivalente y pudiéndose conmutar por el motivo, la razón o la causa.

“No entiendo el porqué/el motivo/la razón/la causa de tan inesperada reacción”

Sin embargo, al tratarse de un sustantivo, puede ir precedido por cualquier determinante:

“Su decisión tenía un porqué

“Miquel no me quiere explicar su porqué

También, al tratarse de un sustantivo, se puede pluralizar:

Los porqués/los motivos que nos das son inverosímiles”

PORQUE

Porque, junto y sin acento, es una conjunción causal que introduce la explicación del motivo de algo. Sabremos que estamos ante esta forma porque con el “por qué” ya anteriormente explicado podemos formular una pregunta de la cual será la respuesta. Es conmutable por puesto que, dado que, ya que y similares.

Porque no tengo dinero”

podemos formular la pregunta a esta respuesta: ¿Por qué no te vas de vacaciones?

Entonces nos damos cuenta que es: “No me voy de vacaciones porque no tengo dinero”

Así, podemos conmutar el porque por otras formas equivalentes:

“No me voy de vacaciones porque/dado que/ya que no tengo dinero”

Cuando le sigue un verbo en subjuntivo, porque también puede indicar finalidad, siendo equivalente a para que. En este caso también se puede usar la forma por que que analizo a continuación.

“Se esfuerza porque/para que/por que  a sus hijos no les falta de nada”

POR QUE

Por que, en dos palabras y sin acento,  puede obedecer a dos tipos de combinaciones distintas:

a/ combinación de la preposición por y el pronombre relativo que.

“El callejón por que escapé era muy estrecho”

Es conmutable por por el cual, por la cual, por los cuales o por las cuales.

“El callejón por que/por el cual escapé era muy estrecho”

“La puerta por que/por la cual escapé era muy pequeña”

Además, se puede intercalar un artículo entre la preposición y el relativo:

“El callejón por (el) que escapé era muy estrecho”

b/combinación de la preposición por y la conjunción que.

“Me preocupo por que saques buenas notas”

“Yo opto por que no vayamos”

Se trata de casos en que la preposición por viene exigida por el verbo, porque siempre que nos preocupamos, nos preocupamos por algo, por ejemplo. Así, “preocuparse por”, “optar por”… Sin embargo, algunas veces por también puede venir exigida, en vez de por un verbo, por un sustantivo o un adjetivo:

“Tu primo mostró su interés por que se inaugurara pronto el nuevo local”

Abreviaturas y símbolos de los días de la semana y de los meses

Las abreviaturas y símbolos de los días de la semana y de los meses no pueden suplantar el nombre del que proceden en cualquier lugar. Solamente pueden escribirse en determinados contextos y situaciones, como en tablas, gráficos, hojas de cálculo, referencias, encabezados, o incluso en mensajes SMS, para economizar espacio.

Días de la semana

Abreviaturas

Por lo que hace a los días de la semana, lo cierto es que no existen, para ellos, abreviaturas oficiales, aunque Martínez de Sousa recomienda seguir la serie de la siguiente manera:

lu.

ma.

mi.

ju.

vi.

sá.

do.

Símbolos

Los días de la semana sí tienen símbolos representativos. Son válidas estas dos posibilidades:

L / LU

M / MA

X/ MI

J / JU

V / VI

S / SA

D / DO

Meses

Abreviaturas

Por lo que hace a los meses, se abrevian de la siguiente manera:

en.

febr.

mzo.

abr.

my.

jun.

jul.

ag. / agt.

set. / sept. / setbre.

oct.

nov. / novbre.

dic. / dicbre.

Símbolos

Como los días de la semana, los meses también pueden simbolizarse de distintas maneras:

E / EN / ENE

F / FE / FEB

M / MA/ MAR

A/ AB / ABR

M / MY/ MAY

J / JN / JUN

J / JL / JUL

A / AG / AGO

S / SE / SET / SEP

O / OC / OCT

N / NO / NOV

D / DI / DIC

La primera de estas tres series puede mezclarse con la segunda para desambiguar la identidad de aquellos meses que, como marzo o mayo, se escriben igual. Así:

E

F

MA

AB

MY

JN

JL

AG

S

O

N

D